Sublevación militar y desencadenantes
El golpe militar del 17 y 18 de julio de 1936 fue planeado desde abril de ese año por Emilio Mola. La victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 provocó el rechazo de sectores conservadores, como la Falange y líderes como Calvo Sotelo. Consideraban inaceptables las reformas republicanas, como la agraria, la autonomía regional y la reducción del poder de la Iglesia.
El ambiente de violencia política ya era fuerte en las calles, con enfrentamientos entre falangistas y republicanos. Los militares justificaron el golpe por esta inestabilidad, pero su intento de tomar el poder no fue total: algunas regiones se sumaron a la sublevación (Navarra, Canarias, Marruecos, Andalucía, Aragón, Castilla y León, Galicia y Mallorca), mientras que otras permanecieron fieles a la República (Cataluña, Madrid, Valencia, Murcia, Asturias, Cantabria y el País Vasco).
Desde el inicio, la guerra civil no solo enfrentó a dos bandos militares, sino que también generó conflictos internos dentro de cada uno. En la zona republicana, los anarquistas, socialistas y comunistas iniciaron una revolución social, mientras que en la zona sublevada se impuso un mando militar centralizado.
Desarrollo de la guerra y apoyos internacionales
La Guerra Civil Española se convirtió en un conflicto internacional en el contexto de la lucha entre fascismo y antifascismo en Europa. Alemania e Italia apoyaron a los sublevados con armas y tropas, especialmente con la Legión Cóndor, que bombardeó varias ciudades. En cambio, la República recibió una ayuda más limitada de la URSS y de las Brigadas Internacionales, voluntarios de distintos países.
Franco se consolidó como líder al retrasar la toma de Madrid para liberar el Alcázar de Toledo, ganando prestigio entre sus tropas. Madrid resistió el cerco y se libraron batallas clave como la del Jarama y la de Guadalajara (1937), donde los republicanos lograron frenar los avances franquistas.
Franco optó entonces por una guerra de desgaste, atacando sectores estratégicos como la industria y las minas en el País Vasco. En junio de 1937, la Legión Cóndor bombardeó Guernica, en uno de los primeros ataques aéreos masivos contra población civil. Con la caída del frente Norte, los republicanos intentaron recuperar terreno con la ofensiva de Brunete, pero fracasaron.
La guerra continuó con la lucha por el Ebro en 1938, donde la República intentó reconectar sus territorios divididos, pero la batalla terminó en una derrota decisiva. En enero de 1939, Barcelona cayó en manos franquistas, lo que llevó al exilio del gobierno republicano y miles de ciudadanos. Madrid resistió hasta marzo de 1939, pero la traición del coronel Casado, que negoció con Franco sin éxito, aceleró la caída de la República. El 1 de abril de 1939, Franco proclamó la victoria.
La España republicana y la España franquista
En la zona republicana, hubo profundos conflictos internos. Desde el inicio, sectores anarquistas, comunistas y socialistas vieron la guerra como una oportunidad para una revolución social, impulsando la colectivización de fábricas y tierras. Sin embargo, la falta de unidad debilitó al bando republicano. El gobierno de Juan Negrín (1937) intentó priorizar el esfuerzo bélico sobre la revolución, organizando una industria de guerra y centralizando la ayuda soviética. Pero esto generó tensiones con anarquistas y trotskistas (POUM), que fueron perseguidos por los comunistas, especialmente durante los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona.
En la zona sublevada, Franco se erigió como líder absoluto (Generalísimo y Caudillo), eliminando las tensiones internas entre falangistas y carlistas al unificarlos forzosamente en un partido único: FET y de las JONS (Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista). La Iglesia Católica apoyó mayoritariamente al régimen y justificó la guerra como una Cruzada contra el comunismo y el ateísmo.
España dejó de ser un Estado democrático bajo el nuevo régimen. Se suprimieron todos los derechos y libertades, y el poder se concentró en la figura de Franco y en el Partido Único. La represión política continuó implacablemente incluso después de finalizada la guerra. En febrero de 1939 se aprobó la Ley de Responsabilidades Políticas, con efectos retroactivos a octubre de 1934, que supuso la persecución y depuración sistemática de cualquier persona que hubiese apoyado a la República.
Consecuencias de la guerra
- Demográficas y materiales: La guerra dejó cientos de miles de muertos (en combate, por la represión, hambre y enfermedades), a los que se sumaron los exiliados. Hubo una enorme destrucción de infraestructuras, viviendas y tejido productivo, generando una profunda crisis económica que se prolongaría durante décadas.
- Políticas y sociales: Se instauró una larga dictadura militar (el Franquismo) que duró hasta 1975. No hubo reconciliación; al contrario, se impuso una dura represión sobre los vencidos. Se persiguió, encarceló y ejecutó a miles de republicanos, y cientos de miles se vieron forzados al exilio.
- Internacionales: Tras una inicial simpatía de las potencias fascistas, España sufrió un fuerte aislamiento internacional después de la Segunda Guerra Mundial. Quedó excluida de la ONU y del Plan Marshall, lo que contribuyó a un largo período de autarquía económica y atraso.
- Culturales: La llamada Edad de Plata de la cultura española se vio truncada abruptamente. Gran parte de la intelectualidad (científicos, escritores, artistas, profesores) se exilió o fue represaliada. Se impuso una cultura oficialista, nacionalcatólica y fuertemente censurada.
El franquismo no solo fue una dictadura militar, sino un sistema totalitario basado en la represión sistemática, la censura omnipresente y la exclusión social y política de los vencidos.