Los pueblos oprimidos del mundo y las regiones colonizadas e históricamente esclavizadas por el colonialismo y el imperialismo han sufrido los azotes de la sobreexplotación durante los últimos quinientos años. Son los perdedores del sistema de expansión del capitalismo global y se han visto despojados de gran parte de la riqueza que sirvió de base al capitalismo.
Vladimir Lenin, el arquitecto de la revolución bolchevique de 1917, hizo una importante contribución al marxismo en su libro El imperialismo, fase superior del capitalismo, escrito en 1916 durante la Primera Guerra Mundial.
Una de sus contribuciones menos conocidas, pero igualmente fundamentales, fue su explicación de cómo el saqueo del mundo colonial por parte del imperialismo proporcionó la riqueza con la que las clases dominantes se las ingeniaron para arrojar migajas a los estratos superiores de la clase obrera, en primer lugar a la dirigencia sindical.
Lenin explicó que tales privilegios, distribuidos entre los «lugartenientes obreros de la clase capitalista» y sus bases en los estamentos superiores de la clase obrera, eran los factores fundamentales que habían contribuido al aplazamiento de la revolución proletaria en Europa en aquella época.
El Imperialismo y la Competición Salarial Mundial
Este análisis leninista del efecto del imperialismo contra la clase obrera en los países imperialistas ha de volver a examinarse y actualizarse a la luz de las nuevas circunstancias.
En Low-Wage Capitalism se puede leer lo siguiente: «En la era actual, la revolución científico-tecnológica ha desarrollado las fuerzas productivas —en la electrónica, la informática, el transporte, las comunicaciones y la tecnología de Internet—, lo cual ha permitido que los monopolios reorganicen la producción mundial mediante la incorporación, con bajos salarios, de cientos de millones de trabajadores a la producción mundial de bienes y servicios, en una competencia salarial directa —de empleo contra empleo— con la clase obrera de los países imperialistas.»
A partir de ahora podrá realizarse con trabajadores de cualquier parte del mundo.
El efecto de este proceso sobre la conciencia de los trabajadores locales será profundo: Mientras que antes la exportación de capital solía utilizarse para fomentar un estrato superior de la clase obrera en los países imperialistas, suavizar la lucha de clases y promover la estabilidad social, con la nueva división mundial del trabajo la exportación de capital se utiliza para bajar los niveles de vida de los trabajadores de los países imperialistas, diezmar las capas superiores de los trabajadores y algunos sectores de la clase media y destruir la seguridad laboral y las prestaciones sociales.
Esto socavará inevitablemente los cimientos de la estabilidad social y sentará las bases para el renacimiento de la lucha de clases en el interior de los gigantes corporativos explotadores. Por otra parte, la expansión a escala planetaria de la socialización del proceso del trabajo y el rápido crecimiento de una clase obrera internacional están haciendo que la solidaridad de clase transfronteriza se convierta en algo obligatorio contra el imperialismo.
Antes de la crisis económica de 2007, la mayoría de la clase obrera en EE.UU. libró con valentía muchas luchas contra los drásticos recortes en sus salarios y prestaciones, pero fueron traicionados por una dirigencia sindical conservadora, vinculada al Partido Demócrata, es decir, a la clase dominante.
De la Crisis a la Rebelión
Los trabajadores españoles han devuelto el golpe. Los trabajadores portugueses han organizado tres huelgas generales en los últimos dos años. Los trabajadores italianos y los trabajadores británicos han devuelto el golpe o se han manifestado en masa contra la austeridad.
Los levantamientos de Túnez y Egipto surgieron espoleados por el desempleo y la pobreza causada por el capitalismo mundial.
Los estudiantes y trabajadores de Chile han desafiado al régimen. En 2006, millones de trabajadores inmigrantes protagonizaron lo que equivalía a una huelga general para protestar contra un represivo proyecto de ley federal contra ellos. En 2009, los trabajadores ocuparon la fábrica Republic Windows and Doors en Chicago. Únicamente las maniobras del Partido Demócrata y de la dirigencia sindical para que los trabajadores de Wisconsin abandonaran el edificio del Capitolio y se integrasen en un movimiento de retirada electoral impidieron que la lucha siguiese adelante.
No cabe la menor duda de que estos rumores de resistencia surgidos desde abajo crecerán en frecuencia e intensidad a medida que se profundiza la crisis y los trabajadores, las comunidades, los estudiantes y los jóvenes se ven sometidos a una presión cada vez mayor y sufren penurias cada vez mayores. Es muy importante que seamos conscientes de la profundidad de la crisis actual. Después de haber invertido miles de millones de dólares en frenarla, las clases dominantes no han logrado controlar su sistema con la intervención financiera.
Todos los que luchamos por librarnos del capitalismo hemos de saberlo. Tenemos que imaginar a los trabajadores de los países imperialistas —y sobre todo a los del centro del imperialismo mundial, EE.UU.— no como en el pasado, en condiciones de cacería de brujas y reacción, ni como en la actualidad, en manos de dirigentes sindicales vendidos y políticos capitalistas, sino como lo serán mañana bajo las condiciones completamente distintas de desmoronamiento del capitalismo, que está metido en un callejón sin salida.
Pero la conciencia de clase y la organización revolucionaria, ambas imprescindibles para que los trabajadores y los oprimidos luchen y salgan de la crisis, no surgirán de forma automática. Los revolucionarios con conciencia de clase, decididos a ayudar a los trabajadores, deberán desempeñar un papel indispensable para enfrentarse a la crisis y prepararse desde ahora a las luchas futuras.
A la larga, el único camino hacia una genuina recuperación de la actual crisis capitalista, hacia la auténtica recuperación de la clase obrera y de la mayoría de la humanidad, consiste en deshacerse de una vez por todas del capitalismo. En ese sentido, son apropiadas las palabras finales de su capítulo sobre la «Tendencia histórica de la acumulación capitalista» en el Tomo I de El Capital:
«Un capitalista devora a muchos otros. Paralelamente a esta centralización o expropiación de una multitud de capitalistas por unos pocos, se desarrolla cada vez en mayor escala la forma… La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a tal punto…»