La Restauración Borbónica: Orígenes, Sistema Canovista y Nacionalismos en España

La Restauración Borbónica en España: Orígenes, Sistema Canovista y Nacionalismos

1. Orígenes del Proceso Restaurador

1.1. El Contexto del Sexenio Revolucionario

La sensación de desgobierno y amenaza al orden social creada durante el Sexenio Democrático (especialmente durante la I República) entre el ejército, la Iglesia y las clases altas y medias, los llevó a apoyar la restauración monárquica en la persona de Alfonso XII, hijo de Isabel II.

Esta restauración fue planificada por el político liberal conservador Antonio Cánovas del Castillo a través de una serie de pasos:

* Abdicación de Isabel II en su hijo (1870). * Creación de un partido alfonsino que durante el Sexenio defendió la causa borbónica. * Elaboración de un programa liberal conservador (“*Paz y orden*”). * Consecución del apoyo de unas clases altas y medias contrarias a experimentos revolucionarios. * Publicación del Manifiesto de Sandhurst (1874) en el que Alfonso XII presenta sus proyectos a la nación española: la defensa de la monarquía constitucional, la tradición católica como un elemento compatible con la libertad y la superación de las constituciones precedentes.

En los tiempos de la Restauración, el contexto internacional, la Europa de Bismarck, era favorable a las soluciones conservadoras y además se contaba con el apoyo de los poderosos intereses de los terratenientes cubanos (*lobby* esclavista), los cuales buscaban terminar con las reformas liberalizadoras del sexenio.

El pronunciamiento de Sagunto, dirigido por el general moderado Martínez Campos el 29 de diciembre de 1874, aceleró la proclamación de Alfonso XII como nuevo rey, aunque Cánovas deseaba que esta se hiciese por la vía pacífica y no con la intervención militar.

1.2. Los Fundamentos del Sistema Canovista

En relación con lo anterior, vemos cómo la restauración de la monarquía fue promovida por políticos conservadores, hombres de negocios y militares de alta graduación que compartían unos mismos intereses y una misma concepción del Estado: la defensa del orden social y de la propiedad, junto con la confianza en la monarquía como garantía de estabilidad.

Cánovas creará un sistema político que se denominará régimen de la Restauración o sistema canovista. Sus objetivos son claros: asegurar el trono de los Borbones y dotar al país de estabilidad política con el fin de las luchas, pronunciamientos y continuos cambios legislativos y constitucionales, es decir, los problemas de la monarquía de Isabel II.

Entre los elementos que configuran las bases del sistema canovista encontramos los siguientes:

* Pragmatismo (realismo) y transaccionismo (capacidad de negociar, especialmente en materia de derechos y libertades). * La defensa de una “constitución histórica o interna” de España, fundamentada en el papel de la Corona (tradición y autoridad) y de las Cortes (libertad y voluntad del pueblo). * La soberanía compartida rey-Cortes frente a la soberanía nacional. Los gobiernos cuentan con una doble confianza: la del monarca que los nombra (la más importante) y también la de las Cortes. Los gobiernos “se fabrican” su mayoría parlamentaria a través del fraude electoral y del caciquismo. * Dominio de los grupos sociales acomodados u oligarquía. Estos consienten y colaboran con el fraude electoral y con el caciquismo anteriormente mencionado. * Un pesimismo basado en el estudio de la historia de la decadencia española, aunque dejaba abierta la puerta a la regeneración del país. * El ejército debe quedar al margen de la política. Cánovas pretende acabar con la intromisión militar en la vida política y dejarla en manos de los partidos. * Un sistema electoral basado en la abstención de gran parte del electorado y en un fraude permanente que garantizase el turnismo o quenda dinástica (alternancia pacífica en el gobierno del país entre dos partidos dinásticos, el Conservador de Cánovas y el Liberal de Sagasta).

2. Las Bases del Sistema de la Restauración

2.1. La Constitución de 1876

La constitución de 1876 favoreció la estabilidad política puesto que estuvo vigente hasta 1923. Aunque tenía un claro carácter conservador, se redactó con cierta flexibilidad con el objetivo de que gobernasen los dos partidos de la quenda de manera estable, sin tener que cambiarla cada vez que un nuevo partido accedía al poder, como había sucedido anteriormente. De hecho, incluso podemos considerar que esta Constitución es una síntesis entre la de 1845 y la de 1869.

La Constitución de 1876 establecía como modelo político una monarquía constitucional doctrinaria conservadora y tenía los siguientes elementos destacados:

* Una amplia declaración de derechos y libertades individuales (imprenta, expresión, asociación y reunión), aunque era el gobierno el que tenía que realizar su regulación después. Los gobiernos conservadores fueron más restrictivos, y los liberales, más permisivos. * Un enfoque conservador de la división de poderes basado en la soberanía compartida entre las Cortes y el rey, otorgando amplias competencias a la Corona. El rey tenía un poder moderador entre los tres poderes, el Gobierno y las Cortes. Ejercía la jefatura del ejército (rey soldado), dirigía la política internacional, escogía libremente el jefe de Gobierno y no era responsable ante las Cortes. La función legislativa (compartida con el monarca) recaía en unas Cortes bicamerales, con un Senado, formado por miembros en función de su cargo o designados por el rey, y un Congreso de los Diputados, elegido por sufragio directo. Asimismo, se mantenía la independencia del poder judicial. * El tipo de sufragio quedaba a decisión del Gobierno. La Ley Electoral de 1878, tramitada por los Conservadores, estableció el voto censatario, limitado a los mayores contribuyentes, lo que únicamente incluía el 3% de la población. El sufragio universal masculino se aprobó en 1890, bajo un gobierno liberal, aunque su eficacia fue anulada por el fraude y la corrupción electoral. * Reconocimiento del catolicismo como religión oficial del Estado, asignándole a la Iglesia el control de la educación. Además, garantizaba un presupuesto para el sostenimiento del culto y del clero. * El carácter centralista del sistema, que ponía ayuntamientos y diputaciones bajo el control del gobierno y garantizaba la vigencia de las mismas leyes en todo el país al ser suprimidos los fueros vascos.

2.2. El Sistema de Partidos

Cánovas, admirador del parlamentarismo inglés, concibió un sistema bipartidista en el que dos partidos se alternan en el gobierno sin tener que recurrir al apoyo del ejército en forma de pronunciamiento o golpe de Estado, como había sucedido en tiempos de Isabel II. Los dos partidos dominantes, conocidos también como partidos dinásticos o partidos de la quenda fueron:

* El Partido Liberal-Conservador, o simplemente Partido Conservador. Creado y liderado, hasta su asesinato en 1897, por Cánovas del Castillo. Sustituyó al antiguo Partido Moderado pero también incorporó a los unionistas. Sus bases sociales eran: la aristocracia, la alta burguesía y la jerarquía eclesiástica. * El Partido Liberal-Fusionista, conocido como Partido Liberal. Fundado en 1880 por Práxedes Mateo Sagasta. Tenía un programa más progresista, que incluía algunos ideales del Sexenio Democrático, pero adaptados a los límites del sistema diseñado por Cánovas. Incorporaba a los antiguos progresistas, demócratas e incluso republicanos moderados. Sus bases sociales eran: la mediana burguesía y las clases medias.

En ambos los dos casos no se trataba de partidos de masas con sedes, agrupaciones y afiliados. Se trataba de partidos de notables, es decir, de líderes políticos con sus respectivas clientelas, sus órganos de prensa y sus apoyos locales. La misión del líder era mantener unidas las diferentes facciones del partido.

Ambos los dos partidos coincidían ideológicamente en lo fundamental: la defensa de la monarquía, de la Constitución y de la propiedad privada, así como la consolidación de un Estado unitario y centralista, aunque tenían ciertas diferencias en varios asuntos.

El Partido Conservador defendía el sufragio censatario, el inmovilismo social, desconfiaba de la ampliación de libertades y quería un Estado confesional y apoyar a la Iglesia.

El Partido Liberal defendía el sufragio universal, el reformismo social, buscaba la ampliación de derechos y libertades y quería una sociedad laica y la restricción de los privilegios de la Iglesia.

2.3. El Funcionamiento de la Quenda Dinástica

La alternancia regular en el poder entre los partidos de la quenda quedaba garantizada por una peculiar manera de formación del gobierno. Mientras que en los sistemas democráticos el partido que gana las elecciones forma gobierno, la Restauración invertía el proceso: cuando un gobierno experimentaba el desgaste de su gestión, o simplemente cuando los líderes políticos consideraban necesaria una sustitución, se le sugería al rey el nombramiento de un nuevo gobierno.

El nuevo presidente del Gobierno era siempre el líder de la oposición, y recibía junto con su nombramiento el decreto para la disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevas elecciones, con el objetivo de conseguir el número de diputados suficiente para formar una mayoría parlamentaria que le permitiese gobernar.

El resultado de las elecciones se acordaba de antemano por ambos los dos partidos, por lo que la alternancia en el poder se lograba de un modo artificial y se producía de mutuo acuerdo entre sus jefes respectivos. Con ello, se evitaba que uno de los partidos monopolizase el poder y que el otro partido tuviese la tentación de recurrir al ejército para obtener el poder mediante un pronunciamiento militar. Al mismo tiempo, se impedía que los partidos ajenos al régimen, republicanos y carlistas, pudiesen hacerse con el poder.

Este sistema comenzó a funcionar en 1881 con el relevo de Cánovas por Sagasta, y se consolidó tras la muerte de Alfonso XII con el Pacto del Pardo pues los dos líderes acordaron alternarse de modo pacífico en el ejercicio del poder ante las amenazas que debía afrontar la reina regente.

2.4. Las Fuerzas Políticas Marginadas del Sistema

La Restauración marginó de la actividad política amplios sectores de la sociedad española: las clases populares urbanas, los campesinos, los obreros industriales e incluso una parte de la clase media. Eso dio lugar a una creciente oposición política a la que los mecanismos de funcionamiento de la quenda impidieron obtener un número suficiente de diputados para formar gobierno o constituir una minoría parlamentaria influyente.

El republicanismo sufrió la represión de los primeros años de la Restauración y tuvo que hacer frente al desencanto de parte de sus seguidores. A pesar de sus divisiones internas, los partidos republicanos compartían cuatro puntos básicos: la república como forma de Estado, las reformas para favorecer los grupos sociales más necesitados (intervención del Estado, fomento del cooperativismo, concesión de créditos baratos…), la fe en el progreso científico y educativo y la defensa de la laicidad (separación de la Iglesia y el Estado).

El grupo republicano más numeroso y con una mayor implantación era el Partido Republicano Federal, liderado por Pi i Margall, que defendía la proclamación de la república como resultado de una revuelta popular. Además siguen activos y con cierta fuerza el resto de líderes republicanos de la I República como Salmerón, Castelar…

Durante los primeros años de la Restauración, el republicanismo se caracterizó por su retraimiento electoral y por los intentos insurreccionales. En los años siguientes abandonaron la vía conspirativa, formaron coaliciones para obtener algunos diputados en las Cortes y crearon una importante red de casinos, ateneos, periódicos, tertulias… para introducirse en la sociedad civil.

Con la aparición del sufragio universal masculino en 1890 fue más sencillo establecer candidaturas republicanas conjuntas, como la Unión Republicana, que en las elecciones de 1893 y 1901 logró algunos pequeños éxitos electorales en las grandes ciudades. A pesar de ello, las divisiones internas y el sistemático fraude electoral hicieron que el número de diputados republicanos en el Congreso fuese siempre muy reducido a lo largo de todo el período.

El carlismo, que había sido derrotado nuevamente en 1876, tardó en reorganizarse y apenas participó en las elecciones anteriores a 1890. Sólo tuvo cierta fuerza en las provincias forales (Álava, Guipúzcoa, Navarra y Vizcaya). Además, la aparición del nacionalismo vasco y catalán redujo aún más las bases sociales del carlismo y la alianza entre la Iglesia y el régimen de la Restauración dejó al carlismo sin una parte de sus argumentos políticos y apoyos tradicionales.

A pesar de su progresiva integración en el sistema, algunos carlistas continuaron manteniendo las jerarquías militares en recuerdo de la última guerra y promovieron algunas insurrecciones fracasadas en 1899 y 1900.

Durante los primeros años de la Restauración, el movimiento obrero sufrió un retroceso como consecuencia de la ilegalización de la Internacional y de sus asociaciones, el establecimiento de una rígida censura y las fuertes medidas represivas. La llegada de los liberales al poder en 1881 supuso una cierta permisividad gubernamental, complementada a partir de 1887 con la Ley de Asociaciones y la consiguiente legalización de las asociaciones obreras.

El nuevo contexto de libertad política favoreció las actividades de un PSOE, liderado por Pablo Iglesias, partidario de participar en la actividad política. Su expansión fue muy lenta y tras algún pequeño éxito aislado en las elecciones municipales, la alianza con los republicanos (conjunción republicano-socialista) hizo posible la elección de Pablo Iglesias como primer diputado socialista (1910).

2.5. El Caciquismo

El sistema de la Restauración es un sistema parlamentario sin democracia, que se fundamenta en el sistema de control social y político conocido como caciquismo. Sus características son las siguientes:

* Un grupo formado por la burguesía y la aristocracia dominaba el sistema, mientras que el resto de la población quedaba excluida del poder político. * El poder político estaba distribuido en tres ámbitos interdependientes: estatal (altos cargos en Madrid), provincial (gobernadores civiles y presidentes de diputaciones) y local en los pueblos y aldeas a través de los caciques. * El elemento fundamental es el intercambio de favores a cambio de votos y apoyo político. * El sistema se organiza en base a las relaciones de padrinazgo (clientelismo) en el que los poderosos se apoyan en una amplia red de *clientes* (formada mediante lazos económicos, familiares, de negocios, amistades o círculos de influencia social) a los cuales recompensan con cargos, puestos de trabajo, recomendaciones, dinero… * Los caciques constituyen la base del sistema. Son poderosos y notables locales (terratenientes y dirigentes de los partidos) que dominan los pueblos con su poder económico, estatus e influencias para dirigir el voto de las personas residentes en la circunscripción que controlan, en beneficio de los partidos de la alternancia. Tenían su principal fortaleza en el mundo agrario, aunque también actuaron en el ámbito urbano. Su lema era: “para los enemigos la ley, para los amigos el favor”, y con estos “favores” agradecían la fidelidad electoral. * Las redes caciquiles están hondamente enraizadas en el territorio, disponen de los cargos públicos y mantienen el poder político y económico gracias a su vinculación con la oligarquía nacional. * La misión del cacique, cuando había alguna convocatoria electoral, consistía en conseguir, mediante la manipulación, la coacción y la violencia, unos resultados electorales que confirmasen el resultado electoral previamente acordado en Madrid. Existía un caciquismo persuasivo, que consideraba la obediencia al cacique como un hecho normal (o por lo menos inevitable). Y otro coactivo, que empleaba medidas administrativas de arriba a abajo (pérdida de empleo, sanciones…), utilizaba la fuerza pública o las *partidas de la porra*. * Existen distritos *“enfeudados”*, circunscripciones electorales controladas totalmente por poderosas familias de caciques.

Las consecuencias derivadas del caciquismo fueron las siguientes:

* Un régimen oligárquico, corrupto e incapaz de aplicar las demandas democratizadoras de la sociedad de su época. * Un sistema que defiende exclusivamente los intereses sociales, políticos y económicos de la burguesía y de la aristocracia. * La mayoría del país (clases medias y populares) queda fuera del juego político. La única forma de participación de las masas en la política es el cobro de favores, la compra de votos o la fidelidad al patrón. * El caciquismo es la verdadera estructura de gobierno de los pueblos. * Aunque proporciona un largo periodo de estabilidad se forma un estado feble, invertebrado y atrasado respecto a las transformaciones que afectan a otros países de Europa.

2.6. El Fraude Electoral

Los gobiernos de la Restauración necesitan la mayoría en las Cortes por lo que realizan un sistemático fraude electoral a través de diversos mecanismos:

* La ley electoral. La de 1878 restablece el sufragio censatario, dándole mucho poder a alcaldes y ayuntamientos en el control del proceso electoral. La ley electoral de 1890, del gobierno del Partido Liberal de Sagasta introdujo el sufragio universal masculino para los hombres mayores de 25 años, pero nada cambió, ya que el caciquismo y el fraude mantuvieron el sistema sin cambios. Como dijo Cánovas *“mientras existan gobernadores y alcaldes a disposición de los gobiernos, la moralidad en las elecciones será un mito. Hasta que esto no se corrija, los caciques serán los dueños absolutos del país”.* * La organización desde el gobierno. El proceso de preparación de las elecciones comenzaba con el *encasillado*, proceso a través del cual el Ministerio de Gobernación llenaba los cuadros correspondientes a los distritos electorales con los nombres de los candidatos que el Gobierno tenía previsto que resultasen elegidos (tras una negociación de la lista de candidatos a elegir entre el gobierno y la oposición). Después, el gobernador civil de cada provincia transmitía esa lista a los alcaldes de los ayuntamientos, por ellos elegidos. A nivel local, eran los caciques los encargados de ajustar los resultados electorales a las instrucciones recibidas del Ministerio. Este mecanismo de fraude electoral característico de la Restauración borbónica permitía mantener la quenda de partidos o turnismo. * Formas de manipulación. Para conseguir los resultados previstos en las elecciones, cumplir con el encasillado, se recurría sistemáticamente al engaño electoral, es decir, a un conjunto de trampas que adulteraban los resultados electorales y que se conoce como fraude electoral o “pucherazo”, otra herramienta más para garantizar el sistema de quenda. De este modo, se manipulaba el censo -incluyendo personas muertas o impidiéndoles votar a las vivas- y las actas electorales, se compraban votos, se incluían votos falsos en las urnas (pucherazos), se alteraban los horarios y las convocatorias y se amenazaba al electorado con coacciones de todo tipo (incluso el encarcelamiento). También se llegó a reorganizar varias circunscripciones electorales, incluyendo en los distritos urbanos áreas rurales, las cuales tenían el voto controlado por los caciques y terratenientes. Este sistema garantizó la quenda dinástica durante el último cuarto del siglo XIX. En todas las elecciones al Congreso de los Diputados, la suma de diputados conservadores y liberales siempre supuso por lo menos el 80% del total y el partido de la quenda al que le correspondía gobernar obtuvo siempre entre el 60 y el 65% del total de diputados electos.

3. Nación y Nacionalismos en España

Son múltiples y controvertidas las definiciones que existen sobre lo que es una nación: comunidad política, pueblo, asociación de individuos vinculados por lazos comunes…, y sobre los factores que la conforman: territorio, historia, lengua, etnia, cultura, economía, leyes, derechos políticos, mentalidad… Todas coinciden en identificarla con la patria o tierra de nacimiento y en considerar que para que exista debe cumplirse como requisito mínimo que sus miembros tengan el sentimiento de pertenecer a ella (sentimiento nacional). Los defensores de su existencia como comunidad diferenciada de las demás (nacionalistas o patriotas) consideran que toda nación tiene derecho a decidir libre y colectivamente su destino (derecho de autodeterminación), lo cual implica la capacidad para dotarse de un autogobierno y formar una nación soberana con un Estado independiente que incluso puede reclamarse y defenderse con las armas (lucha de liberación nacional).

Desde el punto de vista del análisis histórico, las naciones no están predeterminadas ni existen desde tiempos inmemoriables, sino que son producto de la evolución de distintos factores relativamente recientes y, en la mayoría de los casos, vinculados con las transformaciones políticas e ideológicas originadas por las revoluciones liberales.

En España, a pesar de constituir uno de los Estados más viejos de Europa, la cuestión nacional es aún hoy un problema inacabado y polémico. Junto a la idea de España como nación, defendida por el nacionalismo español, existen movimientos regionalistas y nacionalistas periféricos que, en especial en Cataluña, País Vasco y Galicia, defienden la consideración de sus propias comunidades como naciones distintas de la española.

3.1. El Nacionalismo Español

La idea moderna de la nación nació en España vinculada a las transformaciones políticas liberales realizadas por las Cortes de Cádiz y a la defensa popular del territorio frente a la invasión napoleónica. La división del liberalismo en dos corrientes dio lugar a la aparición de distintas interpretaciones sobre la existencia, identificación, valores y formación de la nación española: el nacionalismo español conservador y el liberal-democrático.

El nacionalismo español conservador lo defienden los moderados y los conservadores (Cánovas) y los tradicionalistas (Menéndez Pelayo). Considera que la nación española es una entidad colectiva, superior a la voluntad de los individuos, fruto de la historia que desde épocas remotas estaba destinada a formar una unidad política inseparable; una historia en la que se forjó el carácter, la raza y el genio español y en la que tuvieron una grande importancia los godos, la Reconquista, los Reyes Católicos y Castilla (concepción orgánico-historicista).

Como elementos de identidad encontramos:

* La Corona como manifestación de lo permanente y de la unidad frente a cualquier particularidad y tendencia disgregadora. * El catolicismo como una especificidad de España y del español frente a los demás pueblos. * La península ibérica como un territorio delimitado por las fronteras naturales de los Pirineos y el mar (olvidando a Portugal).

Para los defensores de esta teoría, la unidad de la Patria es incompatible con los particularismos locales y regionales, por lo que defienden un modelo de Estado centralizado y uniforme.

El nacionalismo español liberal-democrático lo defienden demócratas y republicanos (Pi i Margall y Ortega y Gasset). Considera que la nación española es una construcción política, un cuerpo de asociados unidos bajo las mismas leyes, fruto de la voluntad de los individuos en la historia (concepción voluntarista y política). Sus símbolos son la participación democrática del pueblo y la defensa de los derechos y libertades, añadiendo el laicismo por parte de los republicanos. La unidad de la patria es compatible con el mantenimiento de los particularismos locales, defendiendo unos la descentralización administrativa, y otros, los federales, la autonomía política territorial.

3.2. Regionalismos y Nacionalismos Periféricos

Como en otros Estados europeos, en España surgieron, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, manifestaciones culturales y políticas en la periferia peninsular. Encontramos movimientos en: Valencia (corriente cultural a favor de la lengua o el trabajo de Blasco Ibáñez), Aragón (recuperación romántica de los orígenes del reino y de sus instituciones medievales) y Andalucía (influencia del republicanismo federal y creación de una Constitución Federal como antecedente del activismo de Blas Infante). Los lugares más destacados serán Galicia, Cataluña y País Vasco puesto que evolucionaron progresivamente en la defensa de la existencia de naciones propias diferenciadas de la española.

En el origen de estos movimientos se suman una serie de factores, entre los que destacan:

* La diversidad cultural y lingüística, que se refleja en el empleo de distintas lenguas en la periferia peninsular: gallego, catalán y euskera. * La imposición del Estado liberal, centralizador y unitario, que suprime las particularidades jurídicas y territoriales y da prioridad a los valores y lengua castellana, incrementando el enfrentamiento centro-periferia. * El desigual desarrollo capitalista, que provocó importantes desequilibrios en el desarrollo económico de determinados territorios no coincidentes con la localización de los centros de decisión política. * La feble nacionalización española, es decir, el feble desarrollo de un sentimiento nacional español ampliamente aceptado por todos los habitantes. * El descontento y la desilusión por la marcha general del país como consecuencia del atraso económico, cultural y político, junto con los fracasos y desastres coloniales. Esa situación dificultaba crear un proyecto común y sentirse orgulloso de pertenecer a España.

En líneas generales estos nacionalismos periféricos rechazaban la existencia de una nación española unitaria y defendieron una nueva organización del Estado español.

El proceso de creación y consolidación de una conciencia nacional propia pasó por diversas fases más o menos largas:

* Cultural: unos pocos eruditos burgueses se interesan por la lengua y la cultura de su comunidad. * Regionalismo: término empleado a partir de 1880 para calificar aquellos movimientos políticos y culturales que reivindican la descentralización administrativa y el autogobierno frente al Estado unitario, uniformizador y centralizador. * Nacionalismo: movimiento en defensa de la consideración y del reconocimiento de la comunidad propia como una nación diferenciada con derecho a disponer de soberanía política y gobierno propio.

3.2.1. El Catalanismo

El desarrollo industrial experimentado por Cataluña en el siglo XIX dio lugar a la aparición de una importante burguesía industrial y de negocios, lo que constituía una excepción en una España en la que continuaba predominando una sociedad agraria más tradicional. Este desarrollo socioeconómico coincidió con un renacimiento de la cultura catalana y una expansión del uso del catalán. A partir de 1830 nació un movimiento literario conocido como la *Renaixença,* cuyo objetivo era la recuperación de la lengua y de las señas de identidad catalanas. Este movimiento impulsó la publicación de obras en lengua catalana y promovió la celebración de unos certámenes literarios, los Xogos Florais. En la década de 1880, el catalanismo cultural dio paso a la actividad política que afirmaba la existencia de una nacionalidad catalana y reivindicaba un mayor autogobierno para Cataluña. La burguesía apoyó este movimiento, ya que podía facilitar la adopción de medidas proteccionistas para la industria catalana que se opusieran al librecambismo que aplicaba el Gobierno central.

Una de las primeras corrientes del catalanismo político estuvo basada en el tradicionalismo católico y tuvo en el obispo Torras i Bages su máximo representante. Otra de carácter progresista, de base popular y principios republicanos y federalistas, la defendió un Valentí Almirall que en 1882: fundó el Centre Català, propuso la autonomía de Cataluña y alentó la presentación del Memorial de Agravios a la reina regente (1885). Un paso importante para la consolidación del catalanismo fue la creación, en 1891, de Unió Catalanista, cuya primera Asemblea, celebrada en Manresa en 1892, aprobó las bases para la Constitución Rexional Catalá (Bases de Manresa) en las que se reclamaba la restauración de las instituciones históricas y el traspaso a Cataluña de amplias competencias políticas y económicas. La crisis del sistema político de la Restauración, en 1898, acrecentó el interés de la burguesía catalana por tener su propia representación política al margen de los partidos dinásticos. En 1901 se creó la Lliga Regionalista, fundada por Enric Prat de la Riba y Francesc Cambó. El partido aspiraba a participar activamente en la política y a tener representación en las instituciones que defendiesen los intereses del catalanismo. El éxito electoral convirtió a la Lliga en el principal partido de Cataluña durante el primer tercio del siglo XX.

3.2.2. El Nacionalismo Vasco

En el País Vasco, la abolición de los Fueros en 1876 provocó una reacción en defensa de las instituciones suprimidas y, por extensión, de la lengua y cultura vascas. Aunque en 1878 se aprobaron los Conciertos Económicos, que les permitían a las Provincias Vascas mantener un sistema exclusivo de autonomía fiscal, en Vizcaya surgió un movimiento en defensa de los derechos históricos. A diferencia de lo sucedido en Cataluña, en el País Vasco el nacionalismo no se basó inicialmente en la lengua, cuyo uso se concentraba en algunas zonas rurales, sino en la singularidad de la etnia vasca y en el rechazo hacia costumbres llegadas de fuera. Se procedió a una idealización del mundo rural tradicional vasco en un momento en que Vizcaya y Guipúzcoa se industrializaban de modo acelerado y recibían numerosos inmigrantes procedentes de otras zonas de España. La figura más destacada en esta primera etapa del nacionalismo vasco fue Sabino Arana. En 1890 proclamó que los vascos constituían una nación particular e independiente del resto de España, y convirtió la tradicional reivindicación de los fueros en símbolo de soberanía vasca. En 1895 fundó el Partido Nacionalista Vasco (PNV) en Bilbao, implantado sobre todo en la provincia de Vizcaya. Arana popularizó un nuevo nombre para su patria, *Euskadi*, una bandera propia y propuso un lema para el partido, “Dios y ley antigua”. El movimiento se impregnó de un gran sentimiento católico y de defensa de la tradición, pretendió impulsar la lengua y las costumbres vascas y defendió la pureza racial del pueblo vasco.

Posteriormente, Arana suavizó su posición política y aceptó que la autonomía debía alcanzarse desde la legalidad y dentro de la unidad del Estado español. Esta evolución facilitó su acercamiento a sectores de la burguesía industrial vasca, los cuales veían en el nacionalismo un posible aliado ante el incremento del movimiento obrero, en una muy industrializada Vizcaya, desde 1880.

3.2.3. El Galleguismo

Su primera manifestación es el provincialismo, corriente surgida en el seno del Partido Progresista entre 1840-1846. Su nombre expresa la defensa de la recuperación de la unidad institucional de Galicia, fragmentada en las cuatro provincias, así como la reivindicación de ciertos niveles de autogobierno para el antiguo reino, justificados por su personalidad histórica y etnolingüística.

Este grupo introduce en el pensamiento gallego el historicismo, esto es, la convicción del carácter singular de cada pueblo, que se manifiesta en una trayectoria histórica propia y a veces también, como en el caso de Galicia, en un conjunto de caracteres étnicos irrepetibles. Galicia era un organismo colectivo que, por existir objetivamente, tenía unos derechos culturales, económicos y políticos que cumplía atender descentralizando parcialmente el poder político. Con el fracaso del pronunciamiento de Solís en 1846 (Mártires de Carral) los miembros de este grupo huyen y pocos podrán conectar con la siguiente generación (Murguía, Rosalía de Castro…), la cual recupera el discurso galleguista y promueve un resurgimiento literario del gallego, pero apenas actúa en política, por lo que sus opiniones se reducen al seno de la prensa y a la intelectualidad gallega. A mediados del siglo XIX, intelectuales y literatos gallegos emprendieron el camino de convertir la lengua gallega, que se utilizaba sobre todo en medios rurales, en una lengua literaria. Eso dio lugar al *Rexurdimento*, cuya mayor figura literaria fue la poetisa Rosalía de Castro (1837-1885). Unas minorías cultas, insatisfechas con la situación del país, empezaron a responsabilizar del atraso económico a la subordinación política de Galicia, que forzaba a muchos gallegos a la emigración. En la última etapa de la Restauración, el galleguismo fue adquiriendo un carácter más político. Fundamental será la idea de Murguía (1865) del origen céltico de los gallegos. En su *Historia de Galicia*, deja casi completo el concepto de Galicia-nación: la raza celta, asentada en la tierra gallega, desarrolló un alma o carácter nacional, luego perfeccionado por la incorporación del cristianismo. Junto a la lengua propia, harían del gallego un pueblo nacionalmente diferente de otro. Entre 1885 y 1890 el provincialismo gallego se transforma en regionalismo y adquiere un perfil programático y organizativo propio para participar en el ámbito político. Además, también se acercan sectores del carlismo y del republicanismo por lo que aparecen tres corrientes: la liberal (heredera del provincialismo y liderada por Murguía), la tradicionalista (dirigida por Alfredo Brañas) y la federalista (de menor importancia y dirigida por Aureliano Xosé Pereira).

El programa común del regionalismo, formulado por Murguía y Brañas, reclamaba la autonomía política de Galicia, la erradicación del caciquismo, la cooficialidad del gallego y la regaleguización del funcionariado y de la cultura del país, así como políticas superadoras del atraso económico y de la emigración. Al servicio de ese programa, los regionalistas fundaron las primeras organizaciones del galleguismo, que tuvieron poca incidencia y corta vida a causa tanto de las disensiones internas como de la escasa receptividad social a sus propuestas: la Asociación Regionalista Gallega (1890-1893) y la Liga Gallega de Coruña (1897-1906).

A parte de la organización de los Xogos Florais de Tui en 1891, de su efímero protagonismo en la Xunta de Defensa de 1893 y de la creación de la Academia Galega en 1906, los resultados de estos grupos fueron escasos.

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